Viaje a la Prehistoria II

En mis desplazamientos, largos o cortos, siempre que puedo hago el regreso por una ruta diferente a la de ida. A veces no es el itinerario más rápido, ni siquiera el más cómodo, ni el más corto, pero casi siempre es el que me permite redescubrir un rincón, un paisaje, quizá una o varias poblaciones, me detengo a hacer fotos, a contemplar fugazmente mi alrededor, a tomar notas, en definitiva a disfrutar el retorno a casa.

Finalizado el trabajo para el que llegué hasta aquí, retiro el material, me pongo al volante y en unos minutos, ya en las afueras de la población frente a varias indicaciones de orientación, algunas de las cuales indican el kilometraje, hago un repaso mental por la geografía y decido poner rumbo a Ciudad Real. Por incompatibilidad en el horario de apertura dejo para otra ocasión la visita a uno de los enclaves arqueológicos más importantes en la zona (junto con el recorrido por la ciudad que lo haré en una escapada futura).

El día continúa tal y como me amaneció en ruta, cielo cubierto, de color plomizo, llueve ligeramente, vuelvo a atravesar bancos de niebla, hace frío, sin embargo es un marco perfecto para un regreso intrigante.

Abandono la aburrida autovía, superada Ciudad Real que dejo a mi derecha, hacia Puertollano donde enfilo la N-420. A mi paso Retamar, más adelante Brazatortas, subiendo Puerto Pulido se espesa la niebla, una interminable recta y me adentro en la Sierra de Alcudia. Tras unas cuantas curvas atravieso el puerto de Niefla, momento en el que clarea un poco el ambiente, me detengo a observar unos minutos el paisaje. Tras descender el Puerto de Valderrepisa, dónde los pinares de repoblación dan la bienvenida a éste nómada improvisado, y apenas un par de kilómetros antes de Fuencaliente me detengo en el Restaurante De Marcos, a pié de carretera, lugar tranquilo, acogedor, sobrio, donde doy buena cuenta de un suculento, abundante, bien presentado y económico menú de la casa que junto a las vistas hicieron merecida la parada.

Saciado el apetito, emprendo la última etapa, me incorporo a la carretera y a unos escasos 200 metros, observo a mi izquierda una indicación con la leyenda: «Pinturas Rupestres. Monumento natural». Me sorprendió y al momento recordé haber escuchado algo en radio sobre éste lugar pero desconocía por completo de qué se trataba. El regreso me había llevado más tiempo del previsto así que decidí buscar información sobre el lugar para regresar a conocerlo.

Meses después, una madrugada de domingo, aprovechando el cambio horario que nos roba una hora, los primeros rayos de sol inundaron Fuencaliente cuando me adentraba por un camino en busca de uno de estos lu16759152607_ef482e6bdf_ogares. Unos kilómetros más adentro decido dar la vuelta, sin duda me había pasado alguna indicación. Así fue. Aparco el coche, me cuelgo la mochila fotográfica y el trípode. Una señalización indica la dirección a seguir. Abro la cancela, obedezco la indicación escrita que solicita se cierre una vez pasada. Atravieso un pequeño terreno llano y vallado. Material de obra, ladrillos, un pequeño montón de tierra, junto a una hormigonera y unos sacos de cemento cubiertos bajo un plástico indican el inicio de un camino en construcción que zizaguea escaleras abajo hacia el río Cereceda. El lugar es realmente bucólico, el río se ensancha para deslizarse sobre una superficie pedregosa de cuarcita, una fina lámina de agua que poco después cruzaré pese al resbaladizo del terreno. Este paraje se conoce como las «Lastras». Antes de atravesarlo, para observar el abrigo rocoso donde se encuentran las pinturas, decido seguir unos metros el curso, río abajo, siguiendo el ruido de lo que a todas luces es un salto de agua. El terreno se hace complicado pero merece la pena observar la «Chorrera de la Batanera» una cascada tras la que el río se encajona brevemente.

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Ya frente a la «Cueva de la Batanera» veo entusiasmado unas pinturas esquemáticas en la roca, protegida de los indeseables por una reja que sin embargo permite observarlas en todo su esplendor pese a que se encuentran en un estado de conservación considerablemente peor a las de «Peña Escrita», estas están más difuminadas a consecuencia de la humedad y de la proliferación de líquenes.

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Imagino como pudo haber sido el entorno dónde hace más de 5.000 años nuestros antepasados dibujaron estas pinturas en la roca, quizá no hubiese sido muy diferente al que nos encontramos hoy, un bosque de alisos, castaños, fresnos, nogales, robles, helechos, jaras, una mezcla de vegetación salvaje. El entorno es sin lugar a dudas evocador, el silencio roto solo por el rumor de la cascada cercana y en ocasiones el canto de algún ave.

Ambos abrigos rocosos fueron descubiertos por D. Fernando José López de Cárdenas (Priego de Córdoba, 1719 – Córdoba, 1786) en 1783, por entonces cura párroco de Montoro, cuando realizaba un trabajo para José Moñino y Redondo, I conde de Floridablanca y están fechadas entre  el Calcolítico (2500-1800 a.C) y la Edad de Bronce (1800-750 a.C). Son figuras esquemáticas, líneas concéntricas, triangulares, algunas figuras humanas muy estilizadas de color ocre y rojizo de entre 20 y 30 cms. Fueron declaradas Monumento Histórico Artístico en 1924.

Vuelvo sobre mis pasos para dirigirme al abrigo de «Peña Escrita», aunque existe un recorrido a pié que une ambos lugares, elijo la opción más rápida, ir en coche. El lugar se encuentra bien señalizado, un camino asfaltado conduce hasta una explanada donde dejar el vehículo. Frente a mí un sendero asciende hasta el abrigo que también está debidamente protegido tras una reja por la que se observan las pinturas. Éstas de un ocre más intenso se componen de más de 100 figuras mayoritariamente antropomorfas

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Vista general de Peña Escrita

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El recorrido por la Ruta de las Pinturas Rupestres se compone de un total de 10 yacimientos, que sin duda alguna serán el motivo para una futura escapada.

Antes de regresar quise acercarme al poblado minero de «Minas del Horcajo», unos 004_minas_horcajokilómetros de camino sin asfaltar, un acceso por un pintoresco puente y ante mí un oscuro túnel del que no se le observaba el final. Acerqué el vehículo, encendí las luces de carretera pero no podía apreciar la salida. El miedo me frustró los planes de conocer el lugar, reconozco que no lo hubiera atravesado de no haber visto como un primer vehículo con varios ocupantes se adentró en la oscuridad, poco más tarde otro segundo vehículo se detuvo unos metros antes del acceso junto a una pequeña casetilla y se obró el milagro. Un pulsador accionaba la luz interior además de un pequeño semáforo indicaba qué sentido estaba libre de acceso. Cruzarlo fue verdaderamente fascinante.

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Boca de acceso a Minas del Horcajo

 

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¡Y se hizo la luz!

Al otro lado, un poblado entre ruinas de castilletes mineros, unas pocas casas de puertas abiertas, aún habitadas, atestiguan el pasado floreciente que una vez fue, cuando la explotación de plomo, piramorfita e incluso plata bañaba de riqueza la zona. Apenas lo habitan una decena de personas, sin embargo este atractivo «aislamiento» rezuma encanto, frescura, magia…

La paz del lugar se ve periódicamente salpicada por el rumor del paso fugaz del AVE visible unos segundos tras la salida y entrada de los respectivos túneles.

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Helipuerto

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Lamentablemente la travesía toca a su fin, este nómada a tiempo parcial encamina el regreso, con el alma henchida de satisfacción, alegre por haber conocido una parte de lugares históricos, mágicos y misteriosos. Sin duda alguna, repetiré la experiencia.

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Viaje a la Prehistoria

Conocí la existencia de éste mi próximo destino, gracias a quien me lleva acompañando desde hace varias décadas a casi todas las horas del día, mi querida e inseparable amiga la radio. Una herramienta práctica, útil e indispensable, un camino al conocimiento, la información y el entretenimiento a través de infinidad de frecuencias y programas. Todo un mundo a nuestro alcance, en [casi] cualquier lugar, en [casi] cualquier circunstancia, tan solo con la inestimable ayuda de un pequeño receptor.

Una de tantas sofocantes madrugadas de agosto, desvelado por el agobiante calor encendí bajo la almohada mi pequeño transistor para escuchar uno de mis programas favoritos dedicado a la Historia y que en ésta ocasión, el bloque principal hablarían del Dolmen de Soto en Trigueros (Huelva).

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El que el propio director del programa confesara que no conocía su existencia, agudizó aun más si cabe, mi interés por continuar escuchando la entrevista a Mari Carmen Rafallo, dinamizadora turística de Trigueros.

¿Trigueros? ¿dónde había visto yo el nombre de ésta localidad? Estaba seguro de que lo había visto antes en alguna indicación de tráfico pero ¿dónde? ¿qué carretera?, seguía escuchando atentamente, sin embargo me invadió la urgente necesidad de ubicar Trigueros en un mapa, pero aún era demasiado temprano como para levantarme a buscar, debía contener mi impaciencia, al menos hasta que despuntara el alba.

Y así lo hice, señalé en mi guía de carreteras la localidad, probablemente el motivo de recordar el topónimo fue el haberlo visto en alguna señalización vertical de la autovía hacia Huelva. A partir de entonces inicié la búsqueda más extendida de información sobre el lugar a la espera de que en algún futuro pudiera tener la oportunidad de visitarlo. Consulté webs, blogs, artículos en prensa y revistas… efectivamente el Dolmen de Soto constituye uno de los monumentos megalíticos más significativos de la Prehistoria reciente en Europa por su riqueza y peculiaridad y uno de los más impactantes ejemplos del neolítico en el sur de España.

Meses después, diciembre, aprovechando que en la comarca tenía que acudir a un cita laboral programada anteriormente, decidí organizarme con el fin de poder hacer una “escapada” para intentar visitar el Dolmen. Así que salí muy temprano, bordeé Sevilla para tomar la A-49 rumbo a mi destino, expectante por localizar la indicación que marca la localidad donde se ubica. Realizo el trabajo y unos minutos después ya estaba de regreso, apenas unas decenas de kilómetros me separaban de mi próximo destino y aunque la hora no era la más propicia para encontrar abierto las instalaciones, eran más de las 3 de la tarde, decido adentrarme hasta Trigueros y a duras penas localizar la dirección que me llevaría hasta el Dolmen, un camino de tierra repleto de enormes baches y barro.  Minutos después me encuentro delante de la verja que da acceso al recinto que lamentablemente se encuentra cerrado, no por las horas, si no por “tareas de mejora y mantenimiento” según reza una escueta nota colgada.

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Atardece, recorro el entorno exterior observando lo que parece un túmulo casi perfecto de forma circular y suaves pendientes. Tomo algunas fotos y emprendo el ineludible camino de vuelta.

Desde esta primera visita frustrada, regresé varias ocasiones más y siempre apremiado por un horario estricto que me impedía desviarme de mi ruta, hasta que el pasado febrero la diosa fortuna me obsequió con apenas un par de horas para poder cumplir mi ansiado objetivo. Y mereció la pena tan larga espera, adentrarse de nuevo en el camino hasta llegar al recinto, solitario, pacífico, sólo interrumpido por el rugido del tráfico de la cercana autovía. Una indicación invita a seguir un sendero que conduce hasta el Centro de Recepción de Visitantes muy convenientemente “camuflado” bajo el terreno a fin de no entorpecer la vista del monumento.

Tras una breve bienvenida, un atento empleado me entrega un folleto explicativo del Dolmen, al tiempo que indica sobre la posibilidad de iniciar una Ruta Dolménica por la zona. Me ofrece visualizar, previamente a la visita al Dolmen, un vídeo explicativo del origen, construcción, posterior descubrimiento, adecuación y puesta en valor para la visita turístico-cultural. La exposición de apenas unos 10 minutos, es interesante, tomo alguna nota, estoy solo frente al monitor en una pequeña sala auxiliar, junto al mostrador de recepción. Es interesante, muy interesante, lo que hace impacientarme más por llegar a adentrarme en el monumento funerario. Termina el breve documental, preparo mi cámara y me dirijo muy ilusionado hacia el acceso. Antes de entrar observo su perímetro, pulcramente adecentado y en el que se observan restos de una serie de menhires alrededor del perímetro, tipo Cromlech

Emocionado me dirijo hacia el acceso, oscuro, hasta que un detector descubre mi presencia para iluminar el interior del conjunto megalítico. Es impresionante, verdaderamente impresionante, un corredor de 21 metros que se ensancha hacia el interior formado por una serie de ortostatos, en varios de los cuales se distinguen fácilmente grabados simbólicos de simples líneas y que representan ídolos, figuras antropomorfas, “puñales”, elementos geométricos y serpentiformes… La altura del corredor en la entrada es de apenas 1,50 metros y sube progresivamente hacia el interior de la cámara dónde alcanza 3 metros, su anchura se reduce a unos cuatro metros de la entrada por dos ortostatos enfrentados en lo que parece la antigua ubicación de una puerta o separación entre el corredor y la cámara. En el final de la galería faltan las últimas losas de cubierta, que según Armando de Soto, su descubridor, no estaban cuando encontró el Dolmen y han sido sustituidas por una losa de hormigón armado. Él mismo documentó la existencia de 8 individuos enterrados, hombres, mujeres y un enterramiento infantil acompañados de ajuar como recipientes cerámicos, productos líticos tallados, hachas de piedra, cuchillos de sílex, etc., constituyendo para algunos investigadores lo que podría tratarse de una funcionalidad más compleja que la estrictamente funeraria, para una élite social o pertenecientes a un grupo dirigente local, demostrando así la existencia de diferencias o desigualdades en las comunidades que edificaron el dolmen.

El interior es realmente fascinante, la sutil iluminación contribuye a magnificar el conjunto y tener la oportunidad de disfrutarlo unos minutos a solas es un verdadero lujo, sentir el misterio de un lugar enigmático como éste, imaginar cómo durante milenios los rayos del sol se adentran, dos veces al año, para señalar el momento mágico coincidiendo con los equinoccios de primavera y otoño.

Me hubiese gustado permanecer más tiempo en el interior pero éste nómada debía regresar no sin antes prometerme que volvería aquí para rememorar un viaje del alma por el tiempo a la Prehistoria. Un regalo que mereció la pena la larga espera para ser disfrutado.

+info: http://dolmendesoto.es/

 

 

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Conjeturas

Primera hora de la jornada laboral, había olvidado encender mi teléfono y cuando lo hago una decena de avisos asaltan la pequeña pantalla. Todas procedentes del mismo número, sin duda el problema debe ser crítico para mi interlocutor. Le devuelvo las llamadas y dado que la incidencia sólo puede solventarse in situ, recojo el material necesario y en apenas media hora me encuentro en ruta.

Los primeros kilómetros se me hacen muy cortos, voy absorto estudiando mentalmente las posibles causas del problema a solucionar. Conduzco tranquilo.

Poco antes de ascender Puerto de Castuera (o de las Ollas) comienzo a observar, a mi derecha, muy lejos, estelas de vapor dejadas por más de un avión, pero a diferencia de las que producen las aeronaves comerciales, casi siempre dibujando una línea recta casi perfecta, las que presencio durante varios kilómetros son como una sucesión de garabatos, producto de giros bruscos, entrelazándose unas con las otras, a diferentes alturas. Sin detenerme no consigo descubrir quienes las provocan, se desvanecen al poco de generarse, siendo visibles, aunque lejos, durante algunos minutos.

La tremenda curiosidad me hace buscar un lugar donde poder retirarme de la carretera y salir a observar, tengo suerte y enseguida me desvío a un camino a mi derecha. Paro el motor, agudizo mi oído. Solo consigo escuchar como una ligera brisa provoca un suave vaivén en las ramas de las encinas que me rodean, pero ningún rumor lejano. Logro descubrir lo que parecen, al menos, tres minúsculos puntos en el cielo causantes de dichas estelas caprichosas. Las sigo durante al menos ocho o diez minutos (la urgencia que me llevaba a atender la incidencia pasó momentáneamente a un segundo plano, aquello era francamente inquietante) viendo sus evoluciones pero no consigo escucharlos, están demasiado lejos. De pronto algo me distrae fugazmente, un vuelo comercial, este sí es claramente visible y ruidoso. Aparentemente y desde mi posición se dirige a la zona donde vuelan los otros tres aparatos, parece peligroso aunque quiero suponer que el pasillo aéreo del comercial está a mucha mayor altitud que los «garabateadores». Con sorpresa descubro que es una zona aérea muy concurrida.  Trascurren los minutos asistiendo a un espectáculo realmente extraño a la vez que original y en cierto modo elegante.

Muy a mi pesar debo proseguir mi camino. Desde el coche los sigo viendo durante varios kilómetros justo antes de llegar a mi destino cuando aparentemente se agrupan para dirigirse uno tras otro hacia la misma dirección. El trabajo que he venido a hacer me lleva menos tiempo del inicialmente previsto y tras comentar y conversar brevemente con el sufrido usuario me encamino de vuelta para retomar los asuntos pendientes.

Esa misma noche, ya en casa, me siento frente al ordenador con el objetivo de aportar algo de sentido a lo que, horas antes, había tenido la suerte de presenciar. No logro ningún resultado en las primeras búsquedas, sigo insistiendo, nada. A punto de abandonar, un recuerdo asalta mis pensamientos. Meses antes, el azar o el descuido me llevó a pasar por un lugar al que me gustaría tener la oportunidad de acceder para visitarlo. Deseo que veo muy improbable de realizar.

Inicio Google Earth y mido la distancia en línea recta desde éste lugar hasta el posible punto donde sobrevolaban los aviones. Distancia: apenas 120 kms. ¡Bien!

Localizo información sobre el lugar desde donde supongo que tenían su punto de partida y destino dichos aviones. ¡Bien!

Mi investigación «de salón» comienza a obtener resultados y el enigma inicial ha sido resuelto. Deduzco que los aviones que garabatearon el cielo eran F-5 del Ala 23 con sede en la Base Aérea de Talavera la Real. El martes 29 de abril de 2014 tuve la gran suerte de presenciar desde la distancia los ejercicios de instrucción o quizá algún simulacro de ataque y defensa aérea.

Desde entonces he pasado varias veces por el lugar de la observación con la ilusión y esperanza de tener suerte otra vez más y observar el espectáculo. Seguro que lo conseguiré.

+Info:

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En los confines de Tartessos

A partir de Azuaga hacia el Norte, la zona era totalmente desconocida para mí, elegí no atravesar Zalamea de la Serena y continuar por la carretera que la bordea. Para llegar a mi destino, Quintana de la Serena, apenas me quedaban una treintena de kilómetros de una recta, llana, aburrida y tan monótona que esa primera vez, distraído y absorto en mis pensamientos, no observé una indicación que sí me  llamó la atención a la vuelta.

Han pasado cuatro años de éste primer acercamiento fugaz a ésta zona y desde entonces han sido varias veces las que he tenido la suerte de regresar, lo que me ha permitido observar el paisaje más detenidamente, ya no me parece tan monótono y aburrido el viaje, los parejes me resultan familiares, sobre todo las canteras de granito en los alrededores de Quintana de la Serena y los encinares.

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Imagen Google Earth

Ya de vuelta, a pocos kilómetros de la población, observé una indicación al borde de la carretera con el texto “Templo Prerromano Cancho Roano”. Nunca hasta entonces había escuchado referencia alguna sobre éste lugar, así que  para no confiar en mi memoria me apresuré a anotar la referencia. Durante un par de kilómetros reduje la velocidad con la intención de localizar el acceso, varios caminos surgían a mi derecha pero al no estar identificado lo pasé de largo.

Dos años después, un caluroso miércoles 2 de julio de 2014, aprovechando la hora del almuerzo me dirigí al enigmático lugar cuyo acceso se encuentra en el hito kilométrico 3. Un camino de tierra entre encinas de apenas 500 metros conduce hasta el modélico Centro de Interpretación del Santuario de Cancho Roano, dónde un empleado, amablemente, da la bienvenida a éste “viajero casual”, ofreciendo las indicaciones oportunas para el recorrido primero por el interior del Centro, que cerrarían tan solo unos minutos después, para luego continuar con la visita al propio yacimiento al que podría dedicarle todo el tiempo que yo dispusiera. Tras responder sobre mi lugar de procedencia para las estadísticas del Centro me dispuse a realizar la visita.

Unas fotos atestiguan mi efímera visita, la de un panel informativo de algunas de las piezas encontradas en las sucesivas excavaciones y que se encuentran expuestas en el Museo Arqueológico de Badajoz y varias tomas de una maqueta interactiva del yacimiento.

A la salida, un hermoso camino, flanqueado a la derecha por arbustos en flor y más adelante un pequeño puente de madera que salva el Arroyo de Cagancha, me conduce hasta el interior del Yacimiento que  fue cubierto con una enorme estructura metálica para protegerlo de las inclemencias meteorológicas.

Cancho Roano tiene consideración de Santuario aunque diversos autores lo cataloguen como Palacio Fortificado, incluso Recinto Sacro… pero todos coinciden en afirmar que se trata de un edificio singular de la arquitectura tartésica. Iportancia acrecentada por su ubicación, en los confines de esta civilización y es que Extremadura es la frontera del mundo tartésico, este territorio ejercía como nudo de comunicaciones entre Huelva y la meseta, con el Río Guadiana como eje fluvial.

El Yacimiento permaneció oculto bajo un montículo de restos y tierra desde su incencio ritual y posterior destrucción fechada en el S. IV a.C., hasta que Juan Maluquer de Motes, historiador y arqueólogo (Barcelona 1915 – Artesa de Segre, Lérida 1988) iniciara las excavaciones en el túmulo “La Turruca” en 1978, varios meses después que el propietario de la finca encontrara restos de una edificación y objetos antiguos.

El conjunto es prácticamente cuadrado, sobre elevado, rodeado por un foso que podía cumplir al mismo tiempo, función defensiva, así como constituir un punto de abastecimiento de agua, aunque en el centro del patio hay un pozo de unos 5 metros de profundidad que mantiene un cierto nivel, gracias a una vena de agua que cruza el Yacimiento. Está orientado hacia el Este, hacia el amanecer, sus paredes exteriores, de ladrillo de adobe, están coloreadas en tono rojizo  lo mismo que los suelos de algunas dependencias, destacando la estancia del altar redondo. Esa simbiosis entre color, historia, y emplazamiento hacen de Cancho Roano un lugar sorprendente al que merece la pena visitar.

Aún [me] queda mucho por conocer de éste hermoso lugar, la visita se hace corta, tremendamente corta, mi imaginación aún regresa al yacimiento, para ensoñar con quienes lo habitaban, sus ritos, sus costumbres, sus creencias, su forma de vida, su habitat, su entorno.

¡Volveré!

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Paraísos Cercanos: Cerro Masatrigo

Regreso tras otra más de las interminables jornadas de trabajo, con varios cientos de kilómetros recorridos (y los que aún quedan hasta llegar), cansado pero con la satisfacción de la tarea realizada. Conduzco tranquilo pero expectante, con precaución, atento. Es invierno, anochece, momento sublime, fascinante y mágico donde el cielo se torna en infinidad de tonos y colores para hacer cambiar el paisaje a cada segundo. Siempre que puedo no desaprovecho la  oportunidad de disfrutar de esos minutos, especialmente placenteros aún mejor si es fuera de la ciudad. Un ejercicio absolutamente recomendable para deleite de sentidos y sensaciones.

 

Justo en ese momento, inesperadamente llama mi atención una figura que emerge  en el paisaje como recortada en el horizonte. Un montículo de forma troncocónica casi perfecta, de suaves pendientes, no muy alto, rodeado de tierra de labor, aislado. Destaca del terreno circundante a modo de faro de navegantes. Durante unos cientos de metros, sin dejar de vista mi camino pude seguirlo de reojo y es que me había cautivado por completo, la luz del atardecer hacía parecer un lugar mágico, casi misterioso, hasta entonces totalmente desconocido para mí y posiblemente carente de interés más allá de la curiosidad geológica, no dejaba de ser un simple cerro.

Sobre su cima me pareció distinguir lo que parecían restos derruídos de algún tipo de construcción, en la parte posterior sobresalía vegetación típica de ribera de quizá algún cauce que discurra casi paralelo a la carretera. Un poco más adelante surgía un camino cuyo acceso está cerrado por un cable y que se adentra en el terreno donde se encuentra ésta elevación tras pasar al lado de lo que parece un almacén agrícola. Al mismo tiempo que quería detenerme para observarlo desde la distancia, estaba impaciente por llegar y comenzar a investigar sobre éste lugar que seguro depararía sorpresas.

 

 

No me equivoqué, se trata del Cerro Masatrigo en la Finca del Tinto y al que también se le conoce como Cerro del Moro o Mellaria, un yacimiento arqueológico de época romana, único núcleo urbano en el valle del río Guadiato y uno de los pocos municipios romanos que existieron entre el valle del Guadalquivir y el Guadiana, zona que se conocía como la Beturia túrdula, a medio camino entre la Colonia Patricia Corduba y Emerita Augusta.

Se han encontrado innumerables vestigios tanto en sus laderas como en los terrenos próximos, algunos de los cuales, dice la tradición oral, fueron a parar al cercano embalse de San Pedro (donde en sus orillas también se hallaron lascas fabricadas que indican que el poblamiento se remonta al Paleolítico Inferior), otros han sido “reutilizados” en edificios de Fuente Obejuna o forman parte de “colecciones particulares”. En su cima pueden verse restos de estructura rectangular, quizá cisternas. Y las leyendas afirman que un subterráneo comunica la cima con lo que hoy es el embalse, pero de  momento se queda en eso, leyendas.

No cabe duda alguna de la relevancia histórica y cultural de ésta zona. Muy cerca de éste enclave tras el Cerro de los Castillejos y al pié del Cerro que le presta nombre, se encuentra un antiguo poblado minero romano: la mina de La Loba catalogada como Bien de Interés Cultural. De época íbera se encontraron restos en los Cerros de la Cavaruela y del Ducado. Aún anterior, de época Calcolítica existe un conjunto dolménico entre los que se encuentra El Dorado, Los Delgados, Los Gallegos y la Horma.

Es éste por tanto uno de  mis #ParaísosCercanos favoritos, merece la pena regresar para adentrarse de forma pausada en el enorme y rico Patrimonio Histórico y Cultural de ésta zona que debemos respetar, cuidar y garantizar su estado para el disfrute de generaciones futuras. Aún tengo mucho que redescubrir.

 

Bibliografía:

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A modo de introducción

La  Real Academia Española en su Diccionario de la Lengua Española define nómada , en su tercera acepción, como aquél que está en constante viaje o desplazamiento.

Ultimamente paso gran parte del tiempo en costante desplazamiento. Gran suerte la mía tener la oportunidad de conocer, investigar y tal vez visitar lugares cuya distancia máxima permita la ida y vuelta (en coche) en una misma jornada, de ahí lo de nómada a tiempo parcial, un nómada por horas.

No es  un blog de viajes, ya los hay y muy buenos, sino un pequeño almacén donde coleccionar curiosidades, lugares, alguna que otra vivencia, imágenes, recuerdos y tal vez alguna opinión. Tampoco es  un blog de memorias, aunque sin duda es un buen  ejercicio para no olvidar.

Mentiría al admitir que no me importa tener o no seguidores, bastaría entonces con no publicar éste blog,  activar la privacidad o simplemente guardar mis borradores y versiones definitivas manuscritas. Y es que jamás he podido escribir más de dos líneas seguidas sin antes haber emborronado unos cuantos folios. Por el momento quiero iniciar esta nueva experiencia entrando, en este vasto mundo, de forma sigilosa y de puntillas.

Para llevar a cabo este proyecto espero ser constante, conseguir encontrar tiempo necesario, mente despejada y con la suficiente dosis de  paciencia para no desanimar cuando algún borrador no acabe en “versión definitiva”.

Gracias lector@

Cualquier tiempo pasado, no siempre fue mejor

 

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